martes, noviembre 29, 2005

Aborto de una grillera (o la generación perdida)

Qué hacer cuando la muerte liberadora sólo causa respiro en quien te rodea, respiro que simplemente aceptas, sin comprender más.

Qué hacer cuando queriendo querer la zafra, tu edad sólo basta para un par de juegos inocentes, quemar un par de grilleras y corretear cuatro calles.

Qué hacer cuando el instituto, y la refriega, te pilla dando ánimos, a tu cortaedad, al rojo acojonado de turno.

Qué hacer cuando todo lo que querías se ha vuelto inacabado; cuando te han torcido la oportunidad y te la han vuelto tuerta.

Qué hacer cuando los orígenes empiezan a ser destinos; qué hacer cuando el destino es inacabado.

Qué hacer con este tiempo de aborto de sueños. Qué mierda estamos haciendo.

No puedo más, me muero de dolor, a pesar del tiempo pasado, y quizá por ello.

Tengo la sensación de ser el aborto inacabado de una grillera, y de lo anterior sólo soy capaz de asumir la querencia inacabada de un Domingo Rojo.

En qué hemos convertido nuestra generación; acaso en grupos susceptibles de inclusión en algún sonoro ing? Teníamos en nuestra mano la mejor oportunidad, os lo aseguro, y nos hemos vendido. Me duele más el reproche futuro que el ya sufrido.

Somos unos miserables, vampiros del reproche ajeno. Pero por Dios, no os rindáis, no podemos rendirnos, no podemos aceptar, quedamente, lo que podría definirse como una nueva entente cordiale; no jodáis, que estamos a tiempo. Si no lo hacemos por las armas, hagámoslo por las letras, pero hagamos algo.

Al margen de ideologías, sólo os pido que me digáis que esto tiene algún sentido.

Mi lecho está tendido (en tierra de gusanos)

Tierra de gusanos que en podrido
Siente que el alma le ha robado
De su estante el guiñol que pierde
Al hombre que débil su luz busca
Donde no encuentra la paz morada
De la simiente que su ser no encuentra
La forma de su dulce descanso afable
Mujer que complaciente mira
Como se peina aquel guayabo
Que no mira como al gusano
Le valió la herida
Más por sabio que mordido.

Que quisiera ser ya por reiterado
Son que el lecho me ha tendido
Ärbol que su sombra oculta
Arma que el corazón hiere
Me corazón loco que tras de tí
Arrástrame al vano invierno
Frío lodo que el descanso aturde
me cariño mío que el lodo frío
Por sanar irremediable herida
Su copa de vino arrebatado
Respiro inhumano de luna
Creciente amor que disemina
Podrida tierra de gusanos.

Debo

Debo escuchar otra vez la guitarra del barrio
y recorrer mi ciudad para reconocerla
debo volverme a encantar como supe de niño
y despertar como un dios que alargara la sienta.

Debo leer en el mar la lección de lo inmenso
y renombrar el color que la vida me enseña
debo saber respirar un oxígeno fresco
y regresar a ese sol que contigo me espera.

Debo aprender que mañana es un mundo habitable
lleno de instantes, promesas y besos y sueños
debo encontrar la semilla del hijo y del padre
debo bañarme otra vez en el claro deseo
en el hondo deseo, deseo.

Debo ponerme a brillar con la luna entreabierta
y recostarme en la paz que humedece tu abrigo
debo saberle cantar a una noche tan nueva
como aquella que una vez estrenaras conmigo.


Sé que soy recurrente, pero sé también que muchas cosas debo, y muchas de ellas se las debo a momentos adornados por Silvio. No, él no los ha creado, pero me ha permitido intensificarlos.

Hoy, quizá, deba más que nunca. Este aullido es un absoluto agradecimiento a cuatro personas que han hecho especial una luna determinada, que han convertido un amargo quejido en un llanto feliz.

Debo agradecer a mi viejo camarada lo que de telúrico me hace; su sentido común, su apego a la crítica de la razón pura, que de tan pura desborda la teoría. Es lo que tiene la teoría, que está de puta madre hasta que la vives, y si no que se lo pregunten al ñoño (hablo de Wherter, y que conste que no le tengo manía; se la tengo a Goethe, joputa, que no se puede ser tan bueno).

Debo agradecer a mi espejo del alma su infinita paciencia; sus horas de aguantar amargos quejidos convertidos en algo medianamente aprovechable. A mi tocaya de lunas, a mi extraña dirección de rosa de vientos. Mi musa cuando la luna me falta. Mi compañera del alma, mi amiga. Su ausencia sería como una brújula imantada. Realmente no sé lo que hoy en día podría hacer sin su cercanía.

Debo agradecer a mi hermano pequeño la inocencia que me falta; la devoción que me alimenta, el sueño que nos une. Debo agradecerle el amor que le profeso, y su extraña forma de corresponderme. Qué sencillo es el amor cuando es sincero.

Debo agradecerle a Angéline su dulce memoria. Su justo momento, su paciencia, su diana. Debo agradecerle su dulce y al tiempo cruel puntería.

Debo pensar que, al fin y al cabo, no es del todo malo, al menos por el momento, este triste divagar.

Pequeñas personitas me recuerdan diariamente lo que ya sé; a quienes debo me recuerdan lo que todavía no sé, y eso es lo que me aferra.

Pero debo detenerme un momento en quien un beso me dedica. No sé si seré apercibido, pero me arriesgo a la tarjeta roja sabiendo que el cariño confesasdo sólo de amarillo puede ser merecedor. Hace muchos años que a Angéline conozco (si desea que borre este apartado lo haré, aunque espero que no); siempre me ha parecido alguien especial, ese destello fugaz que ilumina una deseperanzada noche de San Lorenzo. Nunca entendí ciertas cosas, y nunca me atreví a preguntar su razón (bastante tengo con las mías). Siempre hubo una química especial; no reactiva; era como algunos conjuntos de la básica, unívocos, encerrados en sí mismos. Conocerla te lleva a pensar, necesariamente, en algo como: yo no merezco su presencia; es un ser especial; qué hace con nosotros; por qué no vuela de una vez.

Ella me ha ayudado a volar, y no sabe hasta que extremo, y hoy debo, hoy más que nunca, y quiero, hoy más que nunca, dedicar mi aullido a dos personas absolutamente imprescindibles ya para mí, mi Angéline y mi desconocida Eliesha, y para ello, plagiando al poeta (poeta de mis entrañas):

A las aladas almas de las rosas del almendro de nata,
te requiero,
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañera del alma, compañera.

Pero no quiero acabar así; hoy me siento un reparador de sueños, hoy, por extraño que pueda parecer, he sido feliz, como lobo y como hombre.

martes, noviembre 22, 2005

La Santa Compaña

Tengo la esperanza de que cuanto aúllo no pueda ser oído más que por dos o tres almas en pena, y lo digo sinceramente. Quien me conoce bien -pocos son, y no soy yo uno de ellos- saben lo poco que me place mostrar mi lado lobo, aunque éste, mi disfraz, sea ya más realidad que quimera.

Confieso que, al menos inicialmente, me sentí tentado por una especie de reto intelectual ¿Podré, acaso, mantener el interés que Angéline consigue? No, evidentemente ¿Durará mi blog, y será tan consistente como la del Mago de Tauro? No, tampoco.

Dos o tres marginales me interesan, aparte de los citados, si acaso ese mundo perfecto, que no acaba de ser, y la censura en su blog, que no acaba de llegar; pero he de decir que he dejado de tener objetivos al escribir; simplemente deseo exprimir, con equis o sin ella, lo que tanto me corroe.

Creo que nuestra función, si alguna tenemos, es la de ser la infracultura; la culta cultura que se alimenta de despojos ajenos haciéndolos vivencia cotidiana, haciédolos digestibles.

He leígo la última entrada de Angéline; maravillosa, como de costumbre. Pero me ocurre lo que a ella; a pesar de los consejos, se me atragantaba el padre, a pesar de sus posibles (demasiado facha para mí, y ya me llegó Fluxá), y se me atraganta el hijo (si me descuido me atraganto al espíritu santo, desvelo el enigma, y se va al carallo la santísima trinidad). Quiero decir con esto que me he vuelto costumbrista; es decir, tengo, hace años ya, una lectura diletante -y no me importa el sentido peyorativo-; hace tiempo que he dejado de leer porque haya que leerlo y leo sólo aquello que me sale de los pulmones; y si place hacerlo varias veces lo hago. Confieso, y empezamos ya, que pocas cosas me atraen de ciertas lecturas; ni el consejo sigo. Que conste que si hay que ponerse culto uno va y se pone, pero es sandez, y uno ya empieza a estar mayor para según que cosas.

He de confesar, y sigo, que sólo me atrevo a escribir, emulando a quien no alcanzo, cuando estoy ciertamente puesto; vamos, que no tengo el opio a mano del salvaje, aunque sí, que más quisiera, el vino del Poe; es decir, trato de disculpar mi vanidad y mi falta de nivel, pero, al fin y al cabo, no hago más que confesarme -y van tres-.

Me decía hoy, quien bien me quiere, que si lo que quiero -y vive Dios que a pesar de la búsqueda no sé si lo quiero y si me quiere-, decía, es disimular, que si quiero pasar desapercibido, qué carajo hago mostrándome tal cual soy, y se refería a mi imagen -bueno, creo que no sólo a eso-. Pues realmente no lo sé; supongo que sólo quiero cargarme el sistema, pero abiertamente, como siempre, cual quijote contra sancho, sin aspas que me arredren. Es como si estuviese encerrado en un molino que me muele las entrañas, sin saber expresar lo que sé que debería decir y no digo; pero eso también ha dejado de importarme.

Como decía Silvio, y perdonad que regrese, "te quiero mi amor, no me dejes solo, no puedo estar sin tí, mira que yo lloro; no ven ya soy decente, me fue fácil, que el público se agrupe y que me aclame"; véis, no es eso lo que queremos. Nuestra labor no pasa por ser una cultura de segunda; nuestra posibilidad es la de dinamitar la incultura que por doquier nos van sembrando aquellos a quienes unánimemente se nos vende como intelectuales, y, cómo no, se adocenan en esa mentira. Nuestra función, la más próxima, es despertarnos y despertarles del letargo al que nos someten: la aceptación vana, casi enamorada, absolutamente desesperada.

Y ahora me diréis: claro, ahora va y nos vende una majestic, o se encarama en la pirámide y tenemos que mandar la polla de emilios para recuperar lo invertido. Lo reconozco, la majestic me pone, pero ya lo dije una vez, aquí me leen tres o cuatro, considerados en exceso, así que voy y digo lo que se me viene en gana, sabiendo de antemano que no por esto me juzgarán, aunque debieran.

Bien, y, como siempre, deberé explicar lo que mi verbo no consigue, y lo haré con claridad meridiana, trópica si me descuido:

- Nunca podré escribir como lo hizo Cela, por ejemplo (aunque el empeño no es comprometido), pero el ínclito nunca me ha hecho sentir lo que siento al leer a Angéline, a la Faelinn, al Minotauro o a mi censora.

Por ello, mis amigos, no dejéis de hacerlo (Angéline, por Dios, danos esa novela, por favor), y censora, no te me rajes, que tenemos que cambiar el mundo.

Vale, lo sé, me estoy volviendo ñoño, pero que alguien le dé al big, que yo le doy al bang, y la liamos en menos que canta un gallo.

Para terminar, os copio parte de una canción de Silvio; sé que soy recurrente como algunas novas, pero mientras no reviente..., así es como me siento:

Tengo un paraíso de fantasía,
sin embargo prescindo del mundo en que vivo.
Cada confín es un agravio a mi visión,
mi verso, mi sangre.

Fronteras de tierra,
fronteras de mares,
fronteras de arena,
fronteras de aire.
Fronteras de sexo,
fronteras raciales,
fronteras de sueños
y de realidades.

Fronteras famosas,
fronteras quemantes,
fronteras de fastuosas,
fronteras de hambre.
Fronteras de oprobio,
fronteras legales,
fronteras de odio,
fronteras infames.

Vale, acabaré, tenemos por aquí una exposición maravillosa, tenemos a Frida, la cejijunta, así que me empaparé en su delirio y me sentiré normal.

Por cierto, prometo confesarme mañana, lo de la santísima no tiene perdón (la compaña es lo que tiene, que le pone a uno).

miércoles, noviembre 16, 2005

Décimas a mi calavera

Noche soy de tanto hielo,
aullido ronco, amado;
triste griego derrotado
que por ya querer el cielo,
vano, ajeno al duro suelo,
aun creyendo que su grial
acaso no sería mortal,
andando anduvo el camino,
hasta que al final, su tino,
cruel le mostró su fiel final.

Calavera devorada,
hierro frío, vano, ardiente,
vino gris, aire caliente,
vestido de su morada,
desnuda alma reflejada,
que buscando su destino,
simple, cual pequeño amino,
sintiose al fin reverdecer
no más por fin reconocer
que cumplido era su sino.



Ofrenda a mi Minotauro querido.

domingo, noviembre 13, 2005

No entiendo nada

Hoy estoy especialmente prosaico, o prolífico, o profiláctico, o profético, o profano, o profundo; bueno, asumiré que hoy estoy especialmente gilipollas, y es porque no entiendo nada:

- No entiendo al amanecer que me arranca el alma.

- No entiendo a la mujer detrás del hombre que le roba su lugar.

- No entiendo al político que engorda su bolsa mientras se reseca el seno.

- No entiendo que no se entienda a quien no estamos preparados para entender.

- No entiendo que esto sea tan jodidamente simple y complejo a la vez.

- No entiendo que se pueda dar, a la vez, vida y muerte al amor.

- No entiendo nuesto esmero en ser petimetres del sino.

- No entiendo, no entiendo...

No entiendo por qué no puede ser más sencillo el vómito, menos compleja la resaca. Pero sobre todo no entiendo porque no quiero o no puedo entender.

Creo que he aullado en exceso; buscaré siete piedras capitales, la arrojaré dentro y coseré con hilo fino la huída. Quizá el fondo del río sea el mejor lugar para empezar a entender. Prometo contaros si es así.

La estupidez

Extraña cosa es la estupidez, tanto la propia como la ajena. Hoy me siento especialmente estúpido, lo que es tanto como decir que estoy de luna y aúllo.

Ha sido una noche extraña, con un comienzo prometedor de cultura incomprendida en un chiringuito cutre, y no precisamente por su estampa.

Lo que tan bien empezó, como de costumbre, acabó derivando en una extraña conversación en la que los mensajes podrían resumirse en algo tan vano como:

- Majo, hay que ver lo estúpido que eres.

- Me halagas, pero ni por asomo mi estupidez está a la altura de la tuya.

- Bueno, no es cuestión baladí, la estupidez requiere arraigo, y una pizca de cariño.

- Ahora lo entiendo, quizá podría aliñarla con cariño, pero el arraigo me desarraiga, aunque su estupidez, amigo mío, me embelesa.

- Le alabo el gusto, querido, algún día lo conseguirá, no es tan difícil ser tan estúpido.

Podréis imaginaros un par de horas con una perorata de tal tenor, y, cómo no, sus consecuencias, dos terribles ampollas en mis pies. No tenía el disfraz de lobo y la huida ha sido dura, muy dura.

No entiendo a la gente, se empeña en exaltar su mediocridad cuando tienen ante sí, y, sobre todo, dentro de sí, un tesoro. No entiendo ese vano desperdicio de tiempo, ese quebranto consciente de su ser, de su yo. No trato de ser crítico o mordaz; es más, posiblemente sólo mi quebrada visión sea la culpable de todo lo digo y el hecho de que merezcan la pena provoca mi catarsis.

Serán capaces de quejarse de la tardanza del busero que trata de adornar su viaje, o de que el nombre de la infantita sea más propio de un muñeco de la Mari Carmen. Dormitarán incoscientemente la vida que se les escapa; vomitarán sus tonterías ocultando lo que de verdad hiere, pero sólo serán capaces de escupir, sólo mostraremos, nuestras inmensas estupideces.

Vivimos un tiempo extraño, un tiempo oscuro, sólo el Bombadil podría robarnos la voz y librarnos de la estupidez.

En cualquier caso, la actuación ha sido maravillosa. Dos extraños personajes, hombre él, mujer ella, que se complementaban como sólo la luna y la musa saben. En un extraño crisol se cimbreaban la espontaneidad y la dulzura ácida. Hodierno música, hogaño despertar. Extraña simbiosis entre el humor y la dura realidad despierta.

Me gusta escudriñar lo más recóndito de cada quien; lo anterior, lógicamente, no me incluye, algo tan terrible es insoportable incluso para mí. Me gusta escrutar las almas, viendo lo que ellas creen ver, viendo lo que veo en ellas mientras están desatentas, analizando atisbos de necesidad, de angustia. Pero me gusta, sobre todo, escrutar al comediante, al actor que tanto ofrece y tan poco pide; al actor que exhausto muda su alma y vuelve a la cotidianeidad. Hoy esa dura realidad ha superado la ficción de su ofrenda. La pena que arrastraré es una nueva conversación inacabada.

Dice el poeta que por la loma y por el valle viene quemando la alegría; me gustaría poder decirle que sólo la luna quema, pero no quiero mudarle la opinión, al fin y al cabo no soy más que un estúpido, y el un poeta.

Y ahora podríais decir, a qué coño viene todo esto. Realmente no lo sé, pero sólo estas estupideces se me ocurren, aunque dentro de mí la angustia esté haciendo trizas las cuitas del ñoño Werther. Mi brazo izquierdo daría por ser capaz de ser Angéline en este momento, o mi dulce censora a quien no nombraré, y sólo por un momento de lucidez suficiente, de inspiración bastante para expresar lo que no me acaba de salir, lo que se me queda dentro y se me pudre.

El otro brazo daría por dejar de ser tan estúpido.


PD: La desnudez progresiva empieza a darme asco; no, miedo.

sábado, noviembre 12, 2005

Soneto anónimo inacabado

Alma rota, destello de infierno vano;
eterna noche en medida de luna,
anhelado reflejo de la fortuna,
esquiva suerte que huye de mi mano.

En mi espera solo, en mi soledad una;
despierto soy de la vida, huérfano,
el silencio ya lobo, medio hermano,
la esperanza triste, cual ya ninguna.

Esa esperanza por mí encarcelada,
que no me afronta y que me presiente,
conmigo lucha por ser liberada.

Eterno, dócil, silente presente,
crónica de una muerte inacabada,
de soledad sufre, porque no siente.


lunes, noviembre 07, 2005

El sueño.

Ahmed olisqueaba desde su jergón, al otro lado de la fina cortina que lo separaba de lo que sus padres llamaban cocina, lo que parecía ser un abuganush; no era gran cosa, pero era más de lo que se podría esperar de otras noches.

Sus cuatro hermanas pequeñas jugueteaban con unas diminutas cajas de cartón que simulaban los más extraños objetos; ahora eran la cueva de los ladrones, luego un palacio, más tarde una carroza.

La comida, aunque sabrosa, era más bien escasa; apenas alcanzaba a llenar los pequeños estómagos de sus hermanas por mucho que se privasen sus padres, y él.

No podía conciliar el sueño; no sabía si era el hambre, la última discusión de sus padres, o ver a sus hermanas hacinadas en su camastro, pero no podía dormir. Sigilosamente dejó lo que casi en broma llamaban su casa, una pequeña chabola de metal en los arrabales de París. No tenía rumbo fijo; no tenía nada que hacer. Todavía no conocía ese extraño idioma que la gente utilizaba para dirigirse a él ni tenía amigos con los que jugar, a pesar de sus escasos catorce años.

Sin saber cómo llegó a una calle desusadamente iluminada; tenía un color extraño, rojo por momentos, azul otros, hasta que comprendió que no eran los efectos de una modernista iluminación, ni una inadvertida fiesta preñada de fuegos artificiales, sino fuego, tan sólo eso, fuego por todas partes. Se acercó a ver que ocurría, más por curiosidad que por importarle lo que tan habitualmente ocurría.

De repente, como salido de las llamas, junto a él pasó corriendo un grupo de muchachos, apenas de su misma edad, que entre gritos y jadeos le gritaban algo que no alcanzó a comprender. Se quedó mirándolos mientras se perdían en la oscuridad, hasta que ésta le alcanzó a él. No supo lo que había ocurrido, pero se sintió mejor, veía a sus hermanas jugando con lo que parecían muñecas nuevas; la cena humeaba en una cocina de verdad, y la abundancia de la mesa prometía más que de costumbre. Sus padres no discutían; alcanzaba a ver como su padre jugueteaba con los negros rizos de la hermosa cabellera de su madre. No valía la pena despertar. A qué hacerlo.


A veces debemos elevar al absurdo las situaciones para comprender su realidad.

jueves, noviembre 03, 2005

Ellos y nosotros

Nunca he sido una persona imparcial, y creo que ese lujo, la imparcialidad, es algo que un ser honesto no debe permitirse. Entiéndaseme, no digo que sea honesto por imparcial; la honestidad, como virtud, necesita de muchos otros adornos de los que yo carezco; sólo pienso que quien algo tenga que decir, no es mi caso, debe ser absolutamente parcial.

De cualquier modo, como tengo la pequeña ventaja de que en esta mi pequeña luna puedo decir casi lo que se me venga en gana, pues lo haré; eso sí, vaya por delante mi más absoluta parcialidad en cuanto diré.

Soy de una tierra de emigrantes; nieto de emigrantes; hijo de emigrantes, e, incluso, por unas breves lunas, emigrante yo mismo. Como todos, siempre he tenido cierta opinión en cuanto a tan candente cuestión, la, según algunos, odiosa y peligrosa inmigración. Habitualmente me he posicionado del lado débil, del lado del inmigrante; en muchos casos incondicionalmente. Ahora me ha tocado vivir esa realidad en carnes próximas, y mi punto de vista se ha radicalizado. Debo anticipar que, como decía el poeta, la tolerancia es la pasión de los inquisidores, y yo no soy ni inquisidor ni tolerante.

El mundo occidental en general, y la llamada España en particular, tiene una deuda histórica con determinadas zonas del planeta; permítaseme pensar que tal deuda es especialmente profunda con nuestra américa latina. No podrá negarse que aun cuando algo hayamos aportado –más bien poco-, mucho más ha sido lo que hemos esquilmado. Nos hemos aprovechado de sus recursos, de sus gentes; los hemos vendido y vuelto a comprar; los hemos juzgado, condenado y asesinado. Hemos revuelto, es decir, en una nueva necesidad nos han tendido nuevamente los brazos, abiertos en una sonrisa pura, sin reproche. Ahora los anfitriones de entonces nos piden ayuda, ellos y nuestros paisanos retornados con la miseria por conquista, y nuestra respuesta es la indiferencia, en el mejor de los casos.

Mis inicios en el mundo de las blogs, al menos en su comienzo, es asaetado, dirigido, con un claro fin, soltar lo que las entrañas no digieren; pero es que me ha tocado vivir de cerca la penosa situación de un emigrante español retornado; un emigrante casado con una nacional de la tierra amiga, pero cuyo matrimonio, por absurdas y formales razones, no tiene validez en este nuestro maravilloso y avanzado país; un emigrante retornado al que se le exige, para volver a casarse en España, un imposible certificado de soltería de su esposa; un emigrante al que para poder vivir con su compañera de años se le exige un documento imposible; un emigrante retornado, y una antigua anfitriona, a los que la puta burocracia de este nuestro país les está robando el mayor y único tesoro que poseen ahora mismo, su vida en común.

Os aseguro que hasta que no he visto la indeferencia del funcionario de turno no he comprendido hasta que punto nos hemos vuelto unos desalmados; no cejaré en el intento, y espero que en una próxima entrada pueda relataros un final menos triste; pero os aseguro, de nuevo, que tanto dolor se agrupa en mi costado que por doler, me duele hasta el aliento.

Quería terminar donde lo había hecho, pero no puedo; necesito que entendáis la razón de mi dolor, y creo que nada mejor que una fotografía de Manuel Ferrol, el llamado fotógrafo de la emigración gallega.



Esta es, a mi juicio, una de las imágenes que deberíamos tener presente cada vez que veamos a alguien que nos tiende su mano esperando respuesta; la del desarraigo de quien, por la más absoluta de las miserias, deja todo cuanto tiene y quiere en busca de un sueño.

martes, noviembre 01, 2005

Personajes

Supongo que los personajes son como las tendencias, dependen del tiempo, del ánimo, de la edad, arrullándonos en un constante vaivén; es por eso que a cada momento acopiamos personajes que nos intiman y esculpen por dentro; unos con gran intensidad, conocida por nosotros o no; otros con los leves trazos de una aguda gradina.

Pero hay personajes inolvidables, personajes que recurrentemente abonan nuestro espíritu. Uno de esos personajes, para mí, es y sigue siendo el pequeño Sinclair. Quizá quien hubiese debido dejar esa mella es Demian, pero no, ha sido el pequeño y débil Emil. Quizá su debilidad fuese la fortaleza de Demian, pero no creo que eso sea relevante; es su lucha interior la que empuña con fuerza el cincel, y esa lucha, posiblemente, sea la de Hesse reflejada en su personaje.

Noche (Hermann Hesse)

He apagado mi vela con un soplo.
Por la ventana abierta se introduce la noche,
dulcemente me abraza y me permite ser
como amigo o hermano.
Enfermos ambos por igual nostalgia;
lanzamos sueños aprensivos
y hablamos quedamente de los viejos tiempos
en el paterno hogar.