Quizá en tiempos conversar fuese una consecuencia, o más bien una necesidad, de nuestro proceso evolutivo. Necesitábamos comunicarnos con quienes nos rodeaban para coordinar la defensa ante el ataque de un agresor o para preparar la estrategia para cazar, para unirnos en la siembra, o, simplemente, para compartir nuestras experiencias sobre determinados acontecimientos, más o menos ligados con necesidades cotidianas corporales o espirituales. No digo que hoy ya no sea así, o que su razón de ser sea distinta, aunque más sofisticada, pero su desarrollo se me antoja completamente diferente.
Hoy en día las conversaciones, al menos aquellas que pacientemente sufro, y, por qué no decirlo, también alimento, se han convertido en monólogos más o menos acompasados en los que quienes intervienen aceptan unas determinadas reglas de cortesía: debo reconocer, aunque no sea cierto, que en una determinada cuestión sabes lo que dices a cambio de que tú hagas lo mismo conmigo; a pesar de que no me interese lo más mínimo lo que estás diciendo, debo aparentar atención, interés e incluso sorpresa; sé que quieres que terminemos de conversar, pero es un sentimiento pasajero que se tornará turno de réplica que convenientemente será puesto a tu disposición, etc. Esto, evidentemente, en una conversación más o menos civilizada, aunque podría decir que las que no respetan esas normas de etiqueta, aunque aporten lo mismo, son mucho más divertidas.
Si en la conversación intervienen más de dos personas las sensaciones se multiplican exponencialmente; en ocasiones intento que mi mente vague al son del murmullo estridente en que se convierten las palabras ajenas.
Pero no sé qué quieren comunicarse entre ellos; comprendo la necesidad que tenemos de ser oídos, de mostrar cuan cultos somos, cuánto sabemos de la política actual, de la economía de aquel país, o, en general, de hacer ver a los demás lo enterados que estamos, pero no puedo aceptar que se haya convertido sólo en eso, que haya dejado de lado lo que es su razón de ser principal, la elevación de uno o varios espíritus por encima de la común individualidad. Por eso digo que la conversación, con los tiempos, se ha vuelto oscura. Raramente compartimos algo que merezca la pena y nos limitamos a vomitar pensamientos ajenos o tópicos ya enraizados en nuestras entrañas. Nuestro verbo nada da a quien lo recibe, que podrá escuchar eso mismo en otra boca o leerlo en pluma ajena. De nuestro interior sólo extraemos las sobras.
La conversación se ha vuelto ajena para mí, sólo pretexto para evitar miradas extrañas.