El sueño.
Ahmed olisqueaba desde su jergón, al otro lado de la fina cortina que lo separaba de lo que sus padres llamaban cocina, lo que parecía ser un abuganush; no era gran cosa, pero era más de lo que se podría esperar de otras noches.
Sus cuatro hermanas pequeñas jugueteaban con unas diminutas cajas de cartón que simulaban los más extraños objetos; ahora eran la cueva de los ladrones, luego un palacio, más tarde una carroza.
La comida, aunque sabrosa, era más bien escasa; apenas alcanzaba a llenar los pequeños estómagos de sus hermanas por mucho que se privasen sus padres, y él.
No podía conciliar el sueño; no sabía si era el hambre, la última discusión de sus padres, o ver a sus hermanas hacinadas en su camastro, pero no podía dormir. Sigilosamente dejó lo que casi en broma llamaban su casa, una pequeña chabola de metal en los arrabales de París. No tenía rumbo fijo; no tenía nada que hacer. Todavía no conocía ese extraño idioma que la gente utilizaba para dirigirse a él ni tenía amigos con los que jugar, a pesar de sus escasos catorce años.
Sin saber cómo llegó a una calle desusadamente iluminada; tenía un color extraño, rojo por momentos, azul otros, hasta que comprendió que no eran los efectos de una modernista iluminación, ni una inadvertida fiesta preñada de fuegos artificiales, sino fuego, tan sólo eso, fuego por todas partes. Se acercó a ver que ocurría, más por curiosidad que por importarle lo que tan habitualmente ocurría.
De repente, como salido de las llamas, junto a él pasó corriendo un grupo de muchachos, apenas de su misma edad, que entre gritos y jadeos le gritaban algo que no alcanzó a comprender. Se quedó mirándolos mientras se perdían en la oscuridad, hasta que ésta le alcanzó a él. No supo lo que había ocurrido, pero se sintió mejor, veía a sus hermanas jugando con lo que parecían muñecas nuevas; la cena humeaba en una cocina de verdad, y la abundancia de la mesa prometía más que de costumbre. Sus padres no discutían; alcanzaba a ver como su padre jugueteaba con los negros rizos de la hermosa cabellera de su madre. No valía la pena despertar. A qué hacerlo.
A veces debemos elevar al absurdo las situaciones para comprender su realidad.

1 Comments:
El propio absurdo es la realidad más cotidiana en lo que a Derechos Humanos se refiere. Sueño, absurdo y desarraigo, extraña mezcla. Quien pudiera despejar ese camino tan lleno de piedras. No soy pesimista, me puede la gripe. Un beso.
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