viernes, diciembre 23, 2005

Feliz Navidad (supongo)

Siempre me ha extrañado la vanalidad de estas fiestas, esa tremenda orquestación de superficialidad. Es curioso como la gente, sin sentir nada al decirlo, desea tanta felicidad a quien le enfrenta. No quiero decir que nunca sientan, que lo hacen, y en algunos casos hasta esa felicidad que anuncian; pero en muchos otros no desea nada, no al menos como se deben desear las cosas, sobre todo las ajenas, sobre todo estas cosas.

A mí las navidades me recuerdan una canción de Silvio (cómo no), La Vergüenza. Creo que si de verdad quisiera felicitar a alguien, si en realidad quisiese hacerlo, le regalaría un billete de octava clase.

Pues esta entrada sencilla, comedida, que los excesos son malos hasta para los lobos, es para desearos un billete de octava clase que os lleve contentos de ir de viaje por estas fechas.

martes, diciembre 13, 2005

Entrada vital

Quería hablar de escaleras, y de olores, pero hoy ya no puedo. Me he desollado las manos, me he desollado las piernas, y, por si no fuese bastante ridículo, me he desollado el culo hasta la desazón.

Me he destrozado el alma contra el asfalto, y he sobrevivido, ese será mi mayor dolor.

Me duele tanto el corazón que me lo arrancaría para ofrecérselo en pedazos a la quimera. He duplicado mi pobreza, cual animal que su topera esconde.

Me siento tan estúpido que mataría, empezando por mí mismo, y seguiría por mis adentros, para luego devorarme las entrañas.

Decía el poeta que tanto dolor se agrupaba en sus entrañas, que por doler le dolía hasta el aliento; esto, el aliento, hace tiempo que me es ajeno. No el dolor, que de tan querido se me ha hecho enamorado.

Ahora necesito una máquina de caramelos, y muchas rutas bonitas en las que perderme. Dios es un mendrugo de pan que no ofrece, y me ha robado mi último caramelo.

Y ahora, si me disculpan, tengo mucho que lamer.

sábado, diciembre 10, 2005

Metropolinear

La escalera es ancha, de escalones tendidos y granito barato, beneficio seguro de algún contratista. A mi izquierda, el pasillo que ya conduce al otro lado, repleto de cartones que le guardan sitio a la noche; el olor es ácido, penetrante, de vida muerta.

Una puerta de doble hoja, antigua ya como el olor, se desencaja constantemente. El tránsito, loco a diario, le impide su merecido descanso; apenas alcanza a cerrarse cuando sus quicios son hollados de nuevo.

El pasillo es largo, ligeramente curvo hacia su izquierda. Su anchura permite la ignorancia del corretear ajeno. Me detengo un momento, como probando las consecuencias de tal locura; los ojos cerrados y el oído sordo. Sé que cuando los abra ya no estaré en el mismo lugar, el panorama habrá cambiado completamente, gente huidiza en sus particulares agujeros de gusano; pero sé, también, que igual impresión habría causado una farola espetada en tan extraño pasillo, ninguna.

A la derecha un músico tañe su vida con esperanza, esperanza de maleta abierta en pozo de los deseos. Me siento durante un momento cerca de él; el sonido es malo, y la resonancia peor, pero su música es buena, inopinadamente corajuda, dadas las circunstancias. Besos apresurados tintinean en la maleta; unos cuantos amables, otros piadosos, otros pocos sentidos, los más cumplidos.

Continúo el trayecto, que ya empieza a bajar; es curioso, las escaleras mecánicas normalmente sólo te sirven si has de hacer lo contrario de lo que haces, como queriéndote decirte lo que deberías hacer, ora subir, ora bajar, quizá esperar. Hollarlas cuando están quedas no es gustoso, pero el granito está demasiado concurrido, así que bajo por ellas imaginando un movimiento inexistente. El paso decidido retiembla todo su recorrido, vibración que se me devuelve como eco.

Enfrente de mí una encrucijada llena de carteles de diferentes tamaños y colores. No es difícil perder el rumbo en un sitio así; nombres llamativos, colores aun más, diferentes itinerarios indecisos. Elijo uno al azar, al fin y al cabo no quiero llegar a ningún lado, simplemente ir haciendo camino.

La estación está semivacía; como siempre, todos más ocupados del andén ajeno y del viajero rápido, de gente a quien poder mirar por un momento con descaro, sin el miedo al vacío de retorcer la mirada hacia los pies. Una mujer juega a conseguir caramelos de una máquina antigua, y los consigue. El tren acaba de llegar, y se gira. Su pelo, al volver la cabeza, acarició la mitad de su rostro, deslizándosele suavemente por sus labios y mejillas, dejando sólo visibles sus ojos, su mirada. Nuestros ojos se encontraron, y sonrió, mientras inclinaba su cabeza apenas imperceptiblemente; y subió al vagón.

Juego con la máquina de caramelos mientras me digo que debería haber subido a ese tren.

jueves, diciembre 08, 2005

La tortilla (y sus variedades)


Es curiosa la tortilla, infinita, cabría decir.

Tenemos la tortilla española, jugosa o no, según el escrúpulo.

Sigue la española, con su aliento, encebollado o no, según el gusto o la moda, siempre más allá de la aurora.

No tiene desperdicio la Spanish Omelet, dechado de imaginación donde los haya, doquier te arrimes (siempre salvada con una buena pinta, incomparable, por supuesto, a la rubia gallega, sea de carne o hueso)

También la tortilla francesa, tan digna ella, según su contenido (el chovinismo indigesta a veces, aunque no siempre).

Pero está la tortilla tardía, y salada, para más señas.

Tortilla acompañada de buen café, pero humbría.

Tortilla ya de mis recuerdos, de comida a medias.

Tortilla digna de un Leonardo, última cena ya de mis sueños.

La tortilla es muy beligerante; cada tortilla tiene su ocasión, cada tiempo su tortilla; hay de quien se equivoque.

Dejaría una receta, pero no están ahí los ingredientes, equivocados en su oportunidad.

Cocinero debo ser ahora, de mi ausencia, sea en francés, inglés o español, y sobre todo en gallego. Tortilla soy ya de mi fracaso, rubia pinta de mi olvido.

PD: Pincho de tortilla con cebolla y caña, por favor, aunque sea a destiempo.


.

La espada (transformada en vino)

Desterrado de lo que más quiero,
cuando la lucha me esquiva, y bulle.

Amor de riñón, de espada que destrulle,
enemigo que por débil es ya fiero.

De ciénaga profunda guía soy,
recoleto apaño de tu sino.

Lástima que cual milagro en vino
hayas transformado el ser, cual doy.

Aventaré mis vientos en luna cierta,
en triste noche volveré a ser.

Un gigante enorme, un bereber,
que a pedazos se ofrece, cual carne muerta.

Viento seré, huracanado,
ardiente, desesperado.
Carne muerta arrojo, aullido incierto
de mis despojos.

Arrollo dulce, calma incierta, fría,
inopinado manantial de peces.

Astuto amante de círculos,
oscura música sonante.
Hombre detrás de lo bello,
estremecido, cual Rocinante.

Aurora bestial, temible, fiera,
hombre ajeno a su humanidad,
animal, consciente, deidad,
rencor humano, destreza de hazaña huera.

Sólo espada quiero ser,
tañida en puro vino;
Amable, aromoso comino
que adorne tu querer.

Sólo espada, sólo vino,
tan sólo y tanto quiero ser.
Espada y vino.

El hombre (y su locura)


Esperanza apilada sobre una bala de miseria;
escombro ajeno, servil, alegre
mente luce aguda su difteria,
ganganta hosca, quiero que mi amor celebre.

Más vano es el intento
cuanto más vana es la partida,
de amores, naipes, aguerrida
diosa que de mi locura es sustento.

Hombre que de yunta acama
al vil destino que lo atenaza,
que por fiel tiene la amenaza
de cuanto gusta, de cuanto afama.

Hombre, miseria, amenaza;
fiel, diosa y amor.
Locura servil de su misera.

El enano (o el beso y su astrolabio)

Desesperanzado avanzo en tierra de gusanos,

hollando labores ajenas

mientras, hodierno, por mis venas,

el alma se me hace homenaje, de enanos.

Causas propias, asunción de penas

que endurecen mis labios,

bellos astrolabios,

que ajenos aprietan mis cadenas.

Causa de gusano, en vena propia.

Beso, labio, ajeno.

Hogaño alma ya prieta, delicada, ingenua.

Tierra ya babosa de gusanos.

Lo ajeno (y lo propio)

Nigromante en vida ajena quiero ser,
que en propio el peso del dolor vuela.
Un ruiseñor en vida ajena quiero ser,
que en propia cantar no puedo.

Un hada en cuento ajeno quiero ser,
que en propio el corazón cela.
Frontera ajena quiero ser,
que en propia llama a deguello.

Agravio ajeno quiero ser,
que mi sudor ya propio es.
Frontera ajena quiero ser,
que ajeno me recorro.

Hambre de mi oprobio,
ajeno de mi frontera.
Amalgama de sueños absurdos,
propio ya por ajeno.

Tangible ya en mi realidad,
frontera ya de tanto sueño.
Ajeno de mi propio,
cercano de lo ajeno.

O, si lo prefieres:

Absurdo me hallo de mi celo,

que si me hallase gacela sería

que fiel tu sendero seguiría,

hasta bañarme, fiel, en tu pelo.

O, aun más allá:

Te quiero, mi amor, no me dejes solo...

Más me hallo en ajeno absurdo que en mascarón de proa vano.

Y quien no quiera conmigo no querrá contra mí, sino sin mí.

Pajareo de mi nación libre, canto esperanzado de libertad.



Salve, Regina (cuanto antes)

Dios te salve, Reina y Madre de misericordia, vida, dulzura y esperanza nuestra; Dios te salve. A Ti llamamos los desterrados hijos de Eva; a Ti suspiramos, gimiendo y llorando, en este valle de lágrimas. Ea, pues, Señora, abogada nuestra, vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos; y después de este destierro muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre. ¡Oh clementísima!, ¡Oh piadosa!, ¡Oh dulce siempre Virgen María! V. Ruega por nosotros, Santa Madre de Dios. R. Para que seamos dignos de alcanzar las promesas de Nuestro Señor Jesucristo. Amén. Oremos. Omnipotente sempiterno Dios, que con la cooperación del Espíritu Santo, preparasteis el cuerpo y el alma de la gloriosa Virgen y Madre María, para que fuese merecedora de ser digna morada de vuestro Hijo; concedednos que, pues celebramos con alegría su conmemoración, por su piadosa intercesión seamos liberados de los males presentes y de la muerte eterna. Por el mismo Cristo, Señor nuestro. R. Amén. V. Que el auxilio divino permanezca para siempre. R. Amén.

Y tras todo lo anterior, meneado sumisamente el bote, dígnese cortar el árbol, quebrantar la pena, mitigar el dolor y reprender el capricho.

Seguiré subiendo (o el dolor del yermo ajeno)


Quisiera quedarme inherte en tan sólo una mirada, ajena, esquiva, pero mía al fin y al cabo; huida de mi ser casi desde que nací, arrebatada inoportuna y tan prontamente, pero mía de nuevo. Pero debo seguir, puesto que de propósito de cordura se trata.

Debo enfrentar varios escalones, algún rellano y más "cuadros". Empiezo a ser consciente de que la escalera, al menos en su comienzo, no deja de ser más que un sinvivir ya vivido. Es como si mi ser debiese purgarse desde los dedos de mis pies; como si cuanto ha sido no fuese más que un preludio de lo que debiera, o de lo que quisiera, aunque creo que eso no tiene importancia, lo relevante es el desnudo, sea éste propio o ajeno.

El siguiente escalón se me hace terrible, no por lo que será, sino por lo que ha sido y no fue, o por lo que debería haber sido en mí, dentro de mí. No sé si es más doloroso seguir o quedarse, estar o ser, pero debo seguir; el pasamanos cambia, y debo aprovechar, cual si de un juego se tratase, la oportunidad que brinda y no repite.

Me he confiado; mi caminar ya no es payaso, ni indeciso. Mi caminar es ya firme, o resignado, quien sabe, pero es mi caminar. Debo afrontar lo que la escalera me brinde, sea de uno u otro tenor, y dispuesto estoy a asumir, tanto mi principio como mi final, aunque tal no sea el orden.

Arriesgo un escalón más, huyendo de lo que quiero quedar. La contrahuella se me hace dura, más por su contra que por su hollar. La huida hacía adelante es más dura que el quedo escape. Me asgo fuertemente, al pasamanos y al vació. Doy un paso de gigante, fuera y dentro de mí, y asumo el siguiente tramo.

Teleman ha dejado de sonar; la música es más estridente, más psicodélica. Tanto podría ser The Doors como Triana, tanto ajeno como propio. Es, sin duda, un sonido que invita.

Sé lo que debo hacer ya, debo tirar lastre, sin importar su rebote en el pasamanos o su ausencia en el vacío. No necesito más, para este viaje, que un corazón puro, entendido como un alma sin pres, sin quizás, sin in or outs, un alma vil o no, un espejo esperando un reflejo inesperado.

Asumo mi verdadero primer escalón; la sensación de debilidad es intensa, pero gustosa. Subo uno más, más largo en el tiempo, dimensión que aquí pierde su consciencia. Un tercero le sigue, absurdo en mi locura. Cuatro me queda hasta el siguiente apuro de su nuevo cuadro. Alcanzo a verlo. Parece una ecografía de un feto inacabado y reprochado; imagen absurda de un destino deformado por la humanidad.

Por muerto nada me dice, y su vida deseada toda su crueldad me espeta. Crónica ya de una vida no ya inacabada, sino apenas esbozada en la mente de un loco. Por orejas ya dos girasoles inacabados.

Su ronco dolor es ya una desesperanza asumida hace tiempo, pero su imagen no deja de recordarme, de recordarte. No puedo detenerme en este tiempo, que tiempo ha que ha dejado de decirme, de quererme. Pero no puedo negarle una reverencia debida, sentida, aunque ajena.

Futil han sido los escalones, pero vívidos como sólo la cruelda sabe. Seguiremos en empeño, sea propio o ajeno, pero venceremos al camino, al son y al claroscuro.



Ad maiorem gloria Dei


Dicen que tan sólo seis días te bastaron, y cuenta la leyenda que en tan poco tiempo dos estigmas creaste, el del dolor y el de la humillación, el de la humillación y el dolor. Con sudor el hombre desesperado su pan debe buscar; con resignación y miseria ella su sangrar, su propia vida debe renegar. Roles ajenos, impuestos, absurdos.

Uno sólo te bastó para hacer la noche y el día. Valiente cosa en quien todo lo sabe; pero ¿No pensaste en las sombras de cada quien? ¿Acaso en sus crepúsculos? ¿Acaso pensaste en ellos? Acaso nunca el día se te hizo noche, o la noche luna...

En poco más la vida creaste, huérfana de su resignación; desnudos nos juegas y desnudos nos dejas, hasta el final.

Un diluvio de crueldad en asunción ajena, que como propia sufrimos.

Un árbol de manzanas por todo equipaje nos diste, castigo de quien lo aprovecha. Amor cruel que no merece partida.

Unos cuantos, muchos (días tuyos), espero que lo lamentes; sólo unos minutos de resignación quisiera, suficientes para rehacer tu creación, tu ignominia.

No permitas que por todo germen sobreviva el odio; si así es perderás, poco, insignicante para tí, pero terrible.

La miseria no se siembra, se vive, se masca y se regurgita, y, sobre todo, no se disfruta.

Somos ya suficientemente miserables. Deja ya tanto abono, déjalo ya.


El hombre y su piel (o de la voluntad quebrantada)


Apenas hombre soy, de tan usado,

piel desnuda en mano ajena

que su voluntad quebranta,

remedo ya de calavera.


Voluntad que dueña se cree de tu vera,

grito mortal que se atraganta

en cada recodo de tu vena,

hombre ya de tu sacrificio, agotado.


Amanecer vano de invierno ahogado,

de crepúsculo y noche ajena

en un deshacer que me espanta,

anhelo cruel de primavera.


Hombre y piel.

Noche y quebranto.

Soledad y tú.

Voluntad en mano ajena.


martes, diciembre 06, 2005

Pedazo de cielo en ristre (o de tu pelo)

Claro soy de luna en ristre,

cual pedazo de cielo

de silueta triste.

Ya tú, querencia de mi anhelo,

a la par que arrostrado quejido

prendido de tu pelo.

Caballero de lanza temido

quisiera ser de tu deseo,

loco de mi aullido.

Para desenredar, cual Teseo,

el hilo de tu voz,

cruel excusa de mi apeo.


La voz en ristre de tu cielo,

dama de mi luna en puro aullido,

atrevido caballero del quejido.

Górgona mortal de tu pelo.

Al pie de la escalera (dejando atrás el yermo)

He dejado atrás demasiadas imágenes. El miedo se ha ido, ahora que estoy frente a él, pero por momentos tengo la necesidad de dar la vuelta y entender su razón de ser, de entender la extraña necesidad de tales imágenes en el yermo.

Pero sólo superar el reto que la escalera brinda me permitirá alcanzar esas imágenes con nitidez.

Juguetea con mis ojos, me hace entrecerrarlos, como queriendo dar un paso atrás imaginario para coger aire, valentía y carrera. El escalón de arranque no es tan temible como lo había imaginado, con una escasa contrahuella y el pasamanos firme a mi izquierda; oscuro, pero bello.

El sonido, algo más paranoico, se asemeja a un trompetear de Teleman, animoso, invitador. Sin embargo, a pesar de la invitación, no es sencillo hollar tal paraje, así que me detengo y escucho, sin atreverme a dejar de enfrentarla; perderla de vista no es prudente, no al menos por el momento.

Miro hacia arriba, intentando calibrar sus dimensiones –más de cuatro parecen-, y veo que se me pierde en la lejanía del pensamiento.

Alcanzo a ver que pocos escalones más arriba, a su derecha o a mi izquierda, en cualquier caso al otro lado del pasamanos, veo lo que podría ser la primera figura, como una extraña fotografía sujeta del anhelo. No alcanzo a distinguirla, pero parece humana.

Vuelvo a coger aire, aferro el pasamanos con mi mano derecha, como queriendo estar presto a la vuelta, aunque tal forma de asirse, sin duda, dificultará la labor. Doy el primer paso; la postura me obliga a caminar pie contra pie, como cuando la angustia no te deja espacio para desenvolverte con naturalidad: primero el pie derecho, de costado, como ofreciendo menos blanco, luego el izquierdo, que apresura al contrario, para seguir un ritmo que en absoluto consigue seguir al trompeteo que sigue repicando en mis oídos.

Tras diez interminables escalones, y un múltiplo mayor de dudas, miedos y reparos, he llegado a la figura semihumana que apenas había intuido desde abajo. Definitivamente es una virgen, tal cual la podría haber pintado Murillo, aunque no es posible ver su rostro, desusadamente cubierto por un pelo celestial. Parece querer mirarme, a pesar de todo, aunque no consigo alcanzarla. Sé que tenemos algo que decirnos; sé que quiere hacerlo, sé que necesito escucharlo, pero sabemos que no es posible. Sólo puedo quedarme detenido contemplándola, consciente de lo que perdí, deseoso de lo que no es, pero no ha podido ser más amable, y terrible a la vez, mi comienzo.

sábado, diciembre 03, 2005

Se acerca la escalera (en el inhóspito yermo)

Me voy acercando, con cautela, a la escalera. No soy temeroso, pero confieso que algo me revuelve el estómago según la cercanía es ya próxima. He encontrado una manera de hacer más sencillo el camino; no es otra que fijarme en las imágenes del yermo. No me distraen de mi destino, pero me lo hacen llevadero y mitigan la ausencia de vida, según tal la conocemos. Veo un búho en la lejanía. No es más que una forma sin vida, pero alivia mi desazón. Atrás he dejado una balanza, extraño objeto en un yermo sin reglas. Parado estoy ante lo que parece la huella de una mano, fijada en el barro de un lugar en el que no llueve, extraña paradoja que como desvelo me impongo. A mi derecha veo lo que parecen las ruinas de una bella hacienda. A mi izquierda el herrumbre de un tiovivo.

Volveré sobre tales imágenes, pero la escalera sigue fijando mi atención, y mis anhelos. Tengo una extraña sensación; he perdido la noción del tiempo que llevo acercándome, y no parece más cercana. Si es más nítida, pero no más cercana. El pasamanos está formado por rizadas cabelleras; si no les faltase el resto diría que no son sino los adornos efímeros de los querubines de Rubens. Allí donde el pasamanos se hace oscuridad las melenas se aparecen cortadas como con crueldad, como si su belleza no importase. Temeroso estoy ya de deslizar mi mano por esa mutilación, pero supongo que el miedo del vacío diestro será mayor.

Veo extraños vacíos en los rellanos, que parecen cambiar caprichosamente de forma. Veo que los peldaños no son uniformes, ni en la huella ni en la contrahuella. No quiero pensar, aunque parece evidente, que donde la melena ha sido mutilada la contrahuella es hostil, gigante.

A la derecha, donde el vacío me hallará, se aparecen como cuadros o fotografías que ilustren el viaje. No alcanzo a definirlas, pero refugio de mi subida espero que sean.

Cuanto más me acerco más miedo tengo.

Hay una imagen que me subyuga; en el yermo hay una luna, imagen que caprichosamente escapa de mi razón, ora en el claro, ora en el oscuro, siempre cerca de la escalera.

Cuando vuelva estaré en el escalón de arranque, y si su huella lo permite, en el primer rellano diré.

El yermo (y sus sonidos)

En el yermo no hay vida, no cantan pájaros, no tocan los grillos, no se rasgan las cigarras; no hay silbidos de lechuza ni zumbar de insectos, ni siquiera el pequeño siseo de un reptil. El yermo está muerto y respira ausencia de vida.

Sin embargo tiene sonido. He avanzado un poco, y la música cambia a cada paso que das; bueno, realmente es el ritmo, el compás, es lo que te envuelve lo que cambia. Desde la lejanía no es más que un estridente ruido que mueve tus manos hacia tu cabeza, pero conforme te acercas comienzas a percibir notas sueltas, aunque no siempre. El sonido y el silencio se turnan en una extraña paz.

Empiezo a intuir que el tenor del sonido depende del claroscuro en el que te encuentres; cuanto más oscuro es el claro más terrible es el sonido, que te obliga a saltar, a danzar, a girar a tu propio alrededor como si poseído te hallases. Ves como tus manos intentar aferrar tu cabello subiendo mientras los dedos tintinean por tu espalda; quieres que tu cabello azote cada parte de tu ser; aferras tus orejas con el fin de que su capacidad auditiva nada se pierda. Es un sonido caníbal de tu esperanza, de tu sentido. Si te dejas llevar te encuentras muy lejos de donde creías estar. No es recomendable estar mucho tiempo en esa zona; la realidad se aleja de tí al ritmo que la esperanza cosa vana parece.

Cuando el oscuro es más claro la música es otra; pero no, no penséis que es más dulce, aun cuando lo parezca. Te arrulla, te canta, te sigue, te halaga, pero lo hace con intención; duerme tu cuerpo, duerme tu mente, duerme tus entrañas. Si lejos en oscuro apareces, en claro pierdes el sentido de tu orientación; dejas de ser tú para convertirte en una especie de terrible sufí que su este ha perdido.

Tanto el claro como el oscuro dura prueba son, pero las imágenes del yermo me atraen, y mi camino a la escalera su destino busca.

El yermo (y sus imágenes)

El paraje es extraño, casi surrealista. Definirlo no sería sencillo; un primer vistazo permitiría calificarlo de desolador, y sin embargo tiene algo que arrima el alma al deseo, aunque sólo si se analiza en su conjunto. No es por lo que ves, que por ver, sin más, de un yermo se trata. Pero pequeñas imágenes incompletas azotan su calma.

Me centraré hoy en una de ellas. Es extraño, nunca había visto una escalera en un yermo, pero no es su falta de utilidad lo que sorprende, sino su ubicación. He de decir que el yermo es como si el día y la noche se hubiesen dado tregua, pero no la suficiente, de manera que la escalera está situada en esa frontera por la que nadie batalla, esa especie de luz hecha de sombra, de noche hecha de luz.

No se ve su final, y apenas se alcanza el principio. No sería posible definir el material de que está construida; quizá madera quemada, quizá hierro orinado o maleable cobre, pero lo más seguro es que eso no importe. Sólo tiene un pasamanos, a su izquierda, según se mire. El otro lado llama al vacío como en extraña canción. Es un pasamanos inacabado, mordido, retorcido por extremos, que no por sus extremos, que desde aquí no se alcanza a ver.

Su forma es extraña, aunque supongo que a causa de su falta de utilidad. Siempre suponemos, dependiendo del sentido del viaje, que la escalera sube o baja, pero ésta hace ambas cosas a la vez, y no dependiendo del destino de quien la utilice. Por lo demás da la sensación de que o su constructor no tenía una idea clara de lo que quería o de que le sobraba material para construirla; aunque quizá sólo su vanidad pueda explicar tal forma.

Cada cierto tiempo, tras un largo viaje de escalones, de huellas, se turnan extraños rellanos. Tampoco tienen una forma definida, y, de hecho, muchos de ellos ni ese nombre merecen, tanto por perder horizontalidad como por escatimar su función.

Si te quedas fija mirándola, desde cierta distancia, ocurre que parece moverse, parece tener vida propia, cual serpiente cimbreante. Pero no es un movimiento rítmico, como el de las miradas lejanas, más bien tienes la sensación de que vida propia tiene; es como si su movimiento sugiriese tu cercanía, como si quisiera atraerte a sus entrañas.

No se ve su final, éste se pierde en esa sombraluz o nochedía de la tregua, aunque ora parece estar más cerca de uno que del otro lado. Confesaré que no me gusta la idea de acercarme, que quizá fuese más sensato escrutar o explorar alguna otra imagen del yermo, pero se me aparece irresistible, así que me acercaré; pero necesito descansar, he de acercarme con fuerza suficiente, y algo debo meter en mis entrañas para afrontar la subida.

La escalera (y la baba)

Me arrastro por un sendero húmedo

de babas de otros tiempos,

de momentos casi humanos,

de tiempos ya lejanos.

Intento apurar la escalera;

unos cuantos peldaños resbalan,

otros la mañana anuncian,

los más mi nombre pronuncian.

Un pasamanos de sueño barroco

mi mano sujeta con firmeza,

arrimo inesperado, fiel

de una balanza de peldaño y hiel.

Algún rellano en el camino,

adorno de la pereza

que fruta amarga ofrece

a quién qué más merece.

Viento eterno, tempestad terrible

quiero ser de mi escalera castigo.

Pasamanos, escalera, peldaño amigo,

vengativo huracán seré, enemigo temible.

Una escalera será derribada.

La brisa mecerá mi calma.

La mañana no ocultará mi luna.

Mi nombre dejará de ser pronunciado.



viernes, diciembre 02, 2005

Llego con tres heridas (o a qué la ausencia)

Llegó con tres heridas
la del amor,
la de la muerte,
la de la vida.
.
Con tres heridas viene
la de la vida,
la del amor,
la de la muerte.
.
Con tres heridas yo:
la de la vida,
la de la muerte,
la del amor.


Miguel Hernández.

Vida yo soy de tanto amor,
muerte ya de tanta vida,
amor yo de muerte en vida.

Por el amor a la vida,
por la vida a la muerte,
por la muerte al amor.

Herido soy de tanta vida,
muerte herida de su amor,
amor que en vida me da muerte.

Anónimo.

Décimas ausentes (o de la huída)

Ausente eres, cual sagaz nocturna
cuyo vuelo quebrantado ha sido,
necesidad de un lento quejido
y alimento de alma taciturna,
que ardiente, con crueldad, se me turna
ora en destello ora en sino fatal,
breviario de un hombre ausente, mortal,
que no alcanza a comprender la vida
sino a través de ausente huída
muestra de una creencia al fin cabal.

No es fácil cosa conocer lo que la ausencia extravía. Pierdes mucho de tí, pero es una pérdida conocida, asumida, buscada. Más difícil es aprehender lo que de tí se pierde en los demás, aunque tampoco es exacto. Parte de lo que se va, y no vuelve, es posible que pueda identificarse con lo que en un momento dado eras; pero no lo sabrás jamás. Es más fácil saber que lo que dejará de ser es aquello que tu muestras y los demás, cariñosamente, te permiten creer que ven en tí.

Pero la pérdida es necesaria, y la ausencia el cauce. No es otra cosa que el vómito convertido en paroxismo del alma, esa eterna mutante. No dudaré de las terribles consecuencias de la ausencia, consecuencia y cauce de la pérdida, ni de su difícil reparación. Pero no dudaré, tampoco, de la necesidad de esa periódica metamorfosis, ni de la necesidad de asumir, aunque sea pobremente, sus consecuencias.

Ahora sólo me queda buscarme de amante
la respiración.
No mirar a los mapas, seguir en mí mismo,
no andar ciertas calles,
olvidar que fue mío una vez cierto libro.
O hacer la canción.
Y decirte que todo esta igual:
la ciudad, los amigos y el mar,
esperando por ti,
esperando por ti.


Una de las consecuencias positivas de la ausencia es confirmar que algunas cosas no cambiarán; esto te permite aferrarte un rato más. Algo es algo.