La escalera es ancha, de escalones tendidos y granito barato, beneficio seguro de algún contratista. A mi izquierda, el pasillo que ya conduce al otro lado, repleto de cartones que le guardan sitio a la noche; el olor es ácido, penetrante, de vida muerta.
Una puerta de doble hoja, antigua ya como el olor, se desencaja constantemente. El tránsito, loco a diario, le impide su merecido descanso; apenas alcanza a cerrarse cuando sus quicios son hollados de nuevo.
El pasillo es largo, ligeramente curvo hacia su izquierda. Su anchura permite la ignorancia del corretear ajeno. Me detengo un momento, como probando las consecuencias de tal locura; los ojos cerrados y el oído sordo. Sé que cuando los abra ya no estaré en el mismo lugar, el panorama habrá cambiado completamente, gente huidiza en sus particulares agujeros de gusano; pero sé, también, que igual impresión habría causado una farola espetada en tan extraño pasillo, ninguna.
A la derecha un músico tañe su vida con esperanza, esperanza de maleta abierta en pozo de los deseos. Me siento durante un momento cerca de él; el sonido es malo, y la resonancia peor, pero su música es buena, inopinadamente corajuda, dadas las circunstancias. Besos apresurados tintinean en la maleta; unos cuantos amables, otros piadosos, otros pocos sentidos, los más cumplidos.
Continúo el trayecto, que ya empieza a bajar; es curioso, las escaleras mecánicas normalmente sólo te sirven si has de hacer lo contrario de lo que haces, como queriéndote decirte lo que deberías hacer, ora subir, ora bajar, quizá esperar. Hollarlas cuando están quedas no es gustoso, pero el granito está demasiado concurrido, así que bajo por ellas imaginando un movimiento inexistente. El paso decidido retiembla todo su recorrido, vibración que se me devuelve como eco.
Enfrente de mí una encrucijada llena de carteles de diferentes tamaños y colores. No es difícil perder el rumbo en un sitio así; nombres llamativos, colores aun más, diferentes itinerarios indecisos. Elijo uno al azar, al fin y al cabo no quiero llegar a ningún lado, simplemente ir haciendo camino.
La estación está semivacía; como siempre, todos más ocupados del andén ajeno y del viajero rápido, de gente a quien poder mirar por un momento con descaro, sin el miedo al vacío de retorcer la mirada hacia los pies. Una mujer juega a conseguir caramelos de una máquina antigua, y los consigue. El tren acaba de llegar, y se gira. Su pelo, al volver la cabeza, acarició la mitad de su rostro, deslizándosele suavemente por sus labios y mejillas, dejando sólo visibles sus ojos, su mirada. Nuestros ojos se encontraron, y sonrió, mientras inclinaba su cabeza apenas imperceptiblemente; y subió al vagón.
Juego con la máquina de caramelos mientras me digo que debería haber subido a ese tren.